Soy María José García Pardo, conocida también como Cota García.
Desde niña percibí el mundo de una manera distinta. Sensaciones, símbolos, sueños, memorias y presencias comenzaron a formar parte natural de mi vida mucho antes de poder comprenderlas o nombrarlas. Sin embargo, crecer con una sensibilidad tan intensa también hizo que durante muchos años viviera profundamente desconectada de mí misma y de la realidad cotidiana, utilizando esa desconexión como una forma de supervivencia frente a un mundo que muchas veces sentía abrumador, excesivo o difícil de habitar.
Con el tiempo comprendí que aquello que alguna vez viví como diferencia, extrañeza o intensidad no era un error ni una falla, sino una manera distinta de percibir y experimentar la vida. Mi camino comenzó entonces a transformarse lentamente en una búsqueda profunda de sentido, verdad y reconexión conmigo misma.
Uno de los grandes puntos de inflexión llegó en el año 2012, cuando viví mi consagración a la Madre Tierra. Ese proceso abrió una nueva manera de relacionarme con la espiritualidad, la naturaleza y mi propia historia. Más adelante, en 2015, el encuentro con las plantas de poder y la medicina de la Ayahuasca profundizó aún más ese viaje interior, ayudándome a confiar en mi intuición, en mi percepción y en esa voz profunda que durante años había intentado comprender.
Fue también el nacimiento de esa parte de mí que hoy reconozco como una bruja de los bosques: profundamente conectada con la naturaleza, los símbolos, los ciclos y la dimensión espiritual de la vida. Un camino acompañado constantemente por la guía espiritual de mis ancestros y la memoria viva de mi linaje, que desde siempre he sentido presente sosteniendo y orientando mi caminar.
La vida comenzó entonces a mostrarme señales, sincronías, vínculos y experiencias que me llevaron poco a poco hacia una realidad mucho más coherente con mi propósito. Comprendí que existen momentos en que el alma nos empuja suavemente —y otras veces profundamente— a mirarnos con honestidad y elegir aquello que verdaderamente resuena con el corazón.
A los 48 años recibí mi diagnóstico de autismo, acompañado de deficit atencional, hiperactividad y altas capacidades. Lejos de sentirse como una etiqueta, fue una experiencia de comprensión, alivio y reconciliación conmigo misma. Muchas piezas comenzaron a ordenarse dentro de mí: la intensidad sensorial, la profundidad emocional, la forma en que procesaba el mundo, la necesidad de aislarme, la hiperconexión con lo simbólico y también la profundidad con la que siempre había percibido lo humano y lo espiritual.
Ese proceso transformó profundamente mi manera de habitarme y también mi forma de acompañar a otras personas, integrando una mirada más consciente, humana e inclusiva hacia las distintas sensibilidades y formas de experimentar la vida.
Desde el 2008 que acompaño procesos de transformación, memoria y reconexión a través del trabajo simbólico, la corporalidad, la ritualidad, la mirada sistémica y astrológica, y la conexión con la naturaleza.
No creo en caminos espirituales que niegan el dolor, el cuerpo o la historia personal. Creo en una espiritualidad encarnada, capaz de sostener la complejidad humana con presencia, verdad y profundidad.
La naturaleza, los símbolos, los rituales y los ciclos de la vida han sido parte esencial de mi camino. También lo han sido las caídas, los procesos de reconstrucción y el aprendizaje constante de volver a mí misma una y otra vez.
Hoy continúo creando espacios donde el alma pueda recordar, el cuerpo descansar y el espíritu volver a cantar.
🌿 Gracias por estar aquí.